¿Qué le diría Santa Marta a alguien que ya no puede con la casa, las tareas, la cabeza…?
(Todos necesitamos escucharla)
Es el final del día. La casa, desordenada. Hay platos que quedaron para después, ropa que no llegó a guardarse, una lista mental de pendientes que sigue abierta. No es una tragedia, pero, definitivamente, se siente como una.
Y lo que más pesa, ¿sabes qué es? (Quizás sí, quizás te ha pasado)
No es lo que quedó sin hacer, sino la sensación persistente de ir siempre un paso atrás, de un cansancio que no se logra descansar, de una cabeza que sigue funcionando cuando el cuerpo ya no puede más, de esa impresión de que todo depende de uno y, aun así, uno nunca llega a todo.
Esta experiencia, tan común, aparece con claridad en una escena del Evangelio de Lucas (10,38-42), donde Marta de Betania se encuentra afanada y agobiada.
Marta no estaba equivocada: estaba agotada
La figura de Santa Marta ha sido a veces simplificada como el ejemplo de quien se pierde en lo práctico, distraída de lo esencial. Sin embargo, el texto evangélico no la acusa de superficialidad ni de falta de fe.
San Lucas describe con precisión: «Marta estaba afanada en los muchos servicios» y, al acercarse a Jesús, le dice: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola sirviendo?».
No se trata de una mujer haciendo de más por capricho, sino de alguien cargando demasiado: atiende la casa, recibe al huésped divino, sostiene lo cotidiano.
El problema no radica en las tareas mismas, sino en cómo estas empiezan a ocuparlo todo por dentro, generando inquietud y dispersión interior.
Su experiencia resuena con cualquiera que hoy siente que no da más, no por pereza, sino por agotamiento en el bien.
Cuando el cansancio viene de la soledad en el servicio
El momento más honesto de Marta surge en su diálogo con Jesús: «Señor, ¿no te importa?». No se queja solo del trabajo, sino de la sensación de estar sola en él.
Esta pregunta revela el cansancio de quien siente que, si afloja, todo se cae; el agotamiento de sostener lo visible e invisible, donde la mente no descansa porque sigue resolviendo, anticipando, organizando, incluso al límite del cuerpo.
No es falta de amor, sino falta de aire interior. San Agustín nota que Jesús repite su nombre con cariño —«Marta, Marta»— para atraer su atención, reconociendo su amor en el servicio, pero señalando la distracción: «Estás preocupada y afanada en muchas cosas».
Marta no representa una espiritualidad defectuosa, sino una humanidad llevada al borde por el peso del servicio sin el necesario orden interior.
Jesús no critica el servicio, sino el desorden interior
La respuesta de Jesús —«Una sola cosa es necesaria. María ha elegido la mejor parte, la cual no le será quitada»— no es una corrección dura que desacredite el servicio ni lo cotidiano.
No le pide a Marta que deje de servir, sino que distinga: el problema es la «preocupación excesiva» y la «fragmentación interior», donde todo se vuelve urgente y pesa igual.
El Señor no prohíbe la hospitalidad, sino la ansiedad que la acompaña; el servicio es una cosa muy buena y honrosa… mientras mantiene a la vista lo que es necesario.
Esta distinción es clave: no se trata de oponer acción y contemplación como bandos irreconciliables —la Iglesia valora ambas en unidad—, sino de recuperar un centro interior desde el cual vivir lo concreto sin ahogarse.
Lo que Marta aprende con el tiempo: fe y servicio unidos
El Evangelio no deja a Marta en ese instante de agotamiento. Más tarde reaparecerá ante la muerte de Lázaro, saliendo al encuentro de Jesús con fe profunda y confesando: «Yo sé que aun ahora, cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Y luego: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios».
No abandona el servicio, pero algo se ha reordenado: actúa desde una relación viva con Jesús, no desde la dispersión.
Santo Tomás de Aquino explica que Marta progresa: pasa de una fe imperfecta —pensando en el poder de Jesús como dependiente de su presencia— a reconocerlo como «la resurrección y la vida».
Si Marta hablara hoy a quien no puede más con la casa, las tareas y la cabeza, no ofrecería soluciones rápidas ni evasión. Diría que el cansancio nace de cargarlo todo en soledad, de que Dios quede reducido a una idea en la lista, dejando que lo demás ocupe demasiado espacio. Invitaría a volver al centro: Cristo, que une servicio y escucha.
El descanso que Marta descubre y hoy nos enseña
El Evangelio no propone huir de lo concreto para descansar, sino ordenarlo desde dentro. María no reemplaza a Marta, sino que elige «la mejor parte» —escuchar la Palabra—, que ayuda a reencontrar el centro.
Cuando este se recupera, las tareas no desaparecen, pero dejan de devorar; lo pequeño deja de ser insoportable.
Marta aprendió que la vida no se sostiene solo con manos ocupadas, sino con un corazón unificado en Cristo: no dejó de servir, dejó de ahogarse.
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Para terminar, una idea final que espero que recuerdes: Marta descubrió que el verdadero descanso nace de ordenar todo en Jesús.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).






Un articulo alentador. Dios primero. Dios en el centro.
Gracias, hermoso artículo!