¿Cómo pasar de “consumidores de estímulos” a “buscadores de sentido”?
¡Te sugerimos propósitos!
A estas alturas del año, te habrás topado con la frase “2026 es el nuevo 2016”. No es solo una moda nostálgica por filtros, música o bailes virales de hace diez años. Más bien es un síntoma de fatiga cultural profunda: una generación entera —millennials y parte de la generación Z— está reaccionando ante un presente saturado de estímulos y pobre en sentido.
Hace una década, internet era ese espacio donde jugábamos sin presiones: publicaciones espontáneas, diversión sin métricas, conexión sin algoritmos que midieran cada gesto.
Hoy, cada imagen, cada historia, cada video parece diseñado para “rendir”, para competir por likes, visualizaciones o conversiones, como si estuviéramos constantemente en un performance digital.
¿Y si esta nostalgia por lo espontáneo no fuera solamente añoranza por lo que fue, sino un anhelo de sentido? ¿Y si en medio del ruido infinito estamos descubriendo que la vida digital —y a veces la vida real— se ha convertido en una fábrica de estímulos sin destino?
La saturación de estímulos y la pobreza de sentido
Hoy vivimos en una cultura que convierte cada segundo en contenido. El algoritmo no quiere que pares; quiere que sigas desplazándote. No importa si lo que ves te nutre o te vacía, mientras sigas activo en la plataforma.
Esta saturación constante produce una enfermedad silenciosa del alma: el consumo compulsivo de estímulos sustituye la experiencia significativa.
Consumimos, pero no nos alimentamos. Scroll tras scroll, nuestra capacidad de asombro se desapega, nuestra paciencia se acorta y nuestra atención se acelera.
San Agustín lo expresó con una simpleza penetrante hace siglos: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». El scroll infinito —esa búsqueda interminable de lo nuevo, lo impactante, lo viral— es un intento fallido de llenar una inquietud que sólo encuentra descanso en algo que trasciende las pantallas.
De consumidores de estímulos… a buscadores de sentido
Este “revival digital” de 2016 no es solo nostalgia. Es una llamada: “¿Recordamos para qué empezamos a compartir?”
Las publicaciones de hace una década no eran perfectas ni planificadas para “rendir”. Eran imperfectas, espontáneas, genuinas.
No respondían a métricas, ni eran modificadas por inteligencia artificial o diseñadas para ser sacadas de contexto. Había algo en esa espontaneidad que conectaba con lo humano, con lo vivido, con lo compartido sin prisa.
Hoy no proponemos retroceder. Nadie quiere literalmente volver a 2016. Pero el fenómeno nos hace preguntar: ¿Qué hemos perdido en el camino? ¿Hasta qué punto hemos permitido que el ruido digital ahogue la experiencia profunda del encuentro humano y del silencio interior?
La fe requiere pausa y silencio
La fe crece donde hay silencio, no donde hay espectáculo constante. Jesús muchas veces se retiraba a orar “a solas” —no a tuitear ni a publicar historias— porque sabía que el silencio no es vacío, sino espacio de escucha.
En cambio, el internet actual parece diseñado para impedir ese tipo de escucha profunda: quiere estímulos, no conocimiento; quiere respuesta inmediata, no contemplación paciente.
La vida espiritual —como la experiencia auténtica del amor, de la belleza, de Dios— no se cultiva en feeds saturados.
Se cultiva en pausas, en presencia, en atención. Cuando emigramos de la “cultura del rendimiento” a la “cultura del encuentro”, redescubrimos una verdad que San Agustín ya había señalado: el corazón no se satisface con ruido, sino con la verdad que lo habita.
¿Cómo empezar a moverse del estímulo al sentido?
No se trata de renunciar a la tecnología ni vivir como si estuviéramos en 2016 otra vez. Se trata de recuperar la libertad interior para no ser arrastrados por cada nueva ola de contenidos, y de cultivar prácticas que alimenten el espíritu:
Silencio deliberado: aparta tiempos del día sin pantallas, no para evadir el mundo, sino para escucharlo de una manera más humana.
Atención cualificada: cuando consumes contenido, pregúntate si te deja algo duradero o solo pasajero.
Momentos de contemplación: un paseo sin música, una mirada atenta al cielo, una conversación sin urgencia de respuesta.
Compartir con significado: publica no para obtener métricas, sino para expresar algo que te toca y que puede tocar a otros.
Estas prácticas no son “costosas” en términos digitales, pero sí pueden ser profundas para el alma.
En medio de todos estos estímulos, ¿qué es lo que tu corazón realmente quiere sentir, más allá de la próxima emoción instantánea?



