¿Y si todo el tiempo entendiste mal "la Voluntad de Dios"?
¿Un destino impuesto o una invitación a la libertad?
Todos hemos crecido escuchando sobre «la voluntad de Dios» y siempre lo asociamos a una especie de destino de mito griego. Imaginemos por un momento esas escenas de los dioses antiguos: ellos ya tenían un plan y la humanidad debía cumplirlo; quien no lo hacía, sufría las consecuencias.
Los dioses eran como reyes con una agenda personal y los seres humanos como ese ejército encargado de llevar a cabo la misión.
Incluso hoy, con algunas espiritualidades alternativas, se vuelve a creer en el destino bajo la premisa de que «así tenía que pasar». Eso puede ser consolador, pero en el fondo conlleva el mensaje de que no podemos elegir lo que vamos a vivir.
Y aunque en la vida hay muchas cosas que no controlamos, hay otras que sí podemos elegir. Con estas formas de leer la vida podemos caer en un cierto paganismo: sin darnos cuenta, volvemos a creer en un Dios que no escucha nuestras dudas ni deseos, que no respeta nuestra fragilidad y que busca súbditos en lugar de hijos o amigos.
Como se menciona en el Evangelio de san Juan: «Yo ya no los llamo siervos, sino amigos».
Si esto es verdad, la fe no puede contradecirse: ¿Dios me creó humano por amor pero espera que responda como una máquina? ¿Dios me creó para esta vida solo como un camino de pruebas imposibles para «ganarme» el cielo?
La lógica del padre amoroso
Si nos ponemos en la escena del padre amoroso o del hijo pródigo, vemos que no es un dueño de casa que tiene a sus hijos como esclavos. No le grita al menor cuando este decide irse con su herencia, ni le niega nada de lo que pide.
El hijo reflexiona tras vivir varias decepciones y vuelve. Cuando esto sucede, el padre no le exige más, no lo pone a trabajar el doble ni le pide que pague lo que despilfarró.
Esta parábola nos ayuda a entender a Dios como un padre cuyo deseo no es simplemente tener a los hijos encerrados, sino que sean libres. Incluso el hijo mayor, que nunca se equivocó externamente, recibe una llamada de atención: «Yo no busco que me sirvas como un trabajador; lo mío es tuyo, no es que te lo hayas ganado».
Esto deriva en que, cuando elegimos algo, no es simplemente para agradar a Dios de forma servil. Como decía san Ireneo de Lyon: «La gloria de Dios es la plenitud del ser humano». Al contrario de la imagen del Dios griego, Dios no necesita nuestras ofrendas, sino que desea que seamos libres para ser nosotros mismos.
La voluntad de Dios no es que el hijo menor sufra hambre ni que el mayor envejezca entre cuatro paredes solo para no fallarle a su papá.
Lo que ambos viven lo hacen desde una actitud de huérfanos, pues no se reconocen amados. Por eso es necesario, antes de reflexionar en la voluntad divina, recordar que Dios nos ama incluso si nos vamos o si nos equivocamos.
¿Elijo desde el amor o desde el miedo?
El amor es el primer ingrediente para saber elegir lo que podría ser la voluntad de Dios. Ambos hijos en la parábola tienen miedo: uno de no vivir lo suficiente y otro de equivocarse. Al final, ninguno de los dos acierta plenamente.
Cuando queremos elegir, a veces hacemos lo mismo: ¿elijo por miedo a arrepentirme? Dios no prefiere al que nunca se equivocó. Es como si nos dijera: «Tú también eres libre… no me uses a mí de pretexto». En el fondo, el hijo «correcto» quizá también se imaginó salir corriendo de allí.
Finalmente, ambos descubren que son libres.
Dios no condiciona su amor a que se queden o se vayan. El hijo mayor experimenta que ha usado la voluntad del padre como pretexto, cuando en realidad ha sido su propia voluntad la que lo ha mantenido allí.
Podríamos hacernos el ejercicio de preguntarnos: «Si Dios me dijera hoy que puedo hacer lo que quiera, ¿qué elegiría?».
Quizá decidamos quedarnos, pero ya no para agradar a otro, sino porque ahí encontramos sentido.
O quizá decidamos salir de esa zona de confort donde sentimos que no fallamos, pero donde estamos acumulando resentimiento.
Aquello que no elegimos
Claro que existen circunstancias que no elegimos: cuidar de padres, hermanos o hijos dependientes, enfrentar enfermedades o estudios truncos. Dios entiende estas realidades.
En el Antiguo Testamento, él ya advertía sobre el cuidado de las viudas y los huérfanos, reconociendo que todos necesitamos ayuda para sobrevivir. En estos casos, Dios sabe el gran esfuerzo que hacemos y nos permite revisar si podríamos pedir ayuda para no cargar con todo en soledad.
Hace poco, platicando con un sacerdote, él me preguntaba: «¿Por qué sigues en esa situación? ¿Hay algo que inconscientemente crees que tienes que pagar aceptándola?». A veces confundimos la voluntad de Dios con situaciones que no queremos cambiar por miedo o costumbre.
Al hacer oración sobre esto, Dios me mostró que hay muchos modos de caminar lo que estoy viviendo: no tengo que hacerlo como alguien resignada, no debo rendirme, sino mirar hacia lo que sueño y tomar la dificultad como una etapa, no como un final.
El modelo de María: colaborar no es resignarse
Es común que usemos a María como un modelo de resignación, pero colaborar con Dios es algo muy diferente. María y José no aceptaron la voluntad divina de forma sumisa o triste.
Eran jóvenes que no se conformaron con los modelos de su época. Ellos son el ejemplo de lanzarse a nuevos horizontes: traer una nueva vida, una nueva mirada y un Mesías.
Su sí fue una colaboración para romper paradigmas y dejar que llegara lo imposible. No sabían exactamente cómo se vería el futuro, pero caminaron con Dios hacia algo nuevo.





