A veces pensamos que evangelizar consiste principalmente en hablar, explicar la fe, responder preguntas, defender nuestras convicciones, invitar a alguien a la Iglesia o encontrar las palabras adecuadas para convencerlo. Y, sin embargo, quizá evangelizar de manera atractiva comienza precisamente cuando dejamos de preocuparnos tanto por convencer y empezamos a preguntarnos: ¿qué está viendo el otro en mi manera de vivir la fe?
Porque podemos hablar mucho de Dios y, al mismo tiempo, hacer que alguien se aleje de Él. También puede ocurrir lo contrario, una persona puede decir muy poco sobre su fe, pero su manera de tratar a los demás, de afrontar una dificultad, de perdonar, de servir o de vivir una alegría puede despertar una pregunta: ¿de dónde nace todo esto?
Tal vez ahí comienza una evangelización distinta.
¿Estamos invitando o estamos imponiendo?
Hay una diferencia importante entre decirle a alguien: «Tienes que creer», y decirle: «Quiero compartir contigo algo que para mí ha dado sentido a la vida».
Evangelizar no significa renunciar a la convicción. Al contrario, solamente podemos anunciar aquello que realmente creemos. Pero una cosa es presentar el Evangelio como una propuesta que nace de una experiencia y otra muy diferente utilizarlo como un argumento para juzgar al otro.
Jesús tenía convicciones muy claras. Sin embargo, muchas de sus conversaciones comenzaron con una pregunta, un encuentro, una mirada, una comida, una historia personal.
Pensemos en Zaqueo. Jesús no comenzó dándole un discurso sobre la conversión. Primero quiso encontrarse con él. Pensemos en la samaritana: una conversación aparentemente cotidiana junto a un pozo terminó abriendo un camino espiritual profundo. Pensemos incluso en los discípulos de Emaús: Jesús comenzó caminando con ellos, escuchando su conversación y entrando en su historia.
¿No hay aquí una clave para nuestra manera de evangelizar? Antes de preguntarnos «¿qué tengo que decirle?», quizá necesitamos preguntarnos «¿qué está viviendo esta persona?»
Del sermón al testimonio
Hay momentos para enseñar, explicar y predicar. La Iglesia necesita anunciar la Palabra y transmitir la fe con claridad. Pero no toda conversación necesita convertirse inmediatamente en un sermón.
A veces alguien nos cuenta que está cansado, que tiene problemas en su matrimonio, que ha perdido a un ser querido, que se siente solo o que está buscando un sentido para su vida. Y nuestra primera reacción puede ser responder rápidamente con una frase religiosa.
«Tienes que confiar en Dios».
«Debes orar más».
«Dios sabe lo que hace».
Quizá esas palabras contienen una verdad. Pero la persona puede estar necesitando primero algo más sencillo como es sentirse escuchada. La conexión humana no es un obstáculo para la evangelización. Muchas veces es precisamente el camino por el que el Evangelio puede entrar.
Por eso, un buen evangelizador necesita aprender a escuchar. No solamente escuchar las palabras, sino también las preguntas que hay detrás de ellas, las heridas, los deseos, los miedos y las esperanzas. Y cuando llegue el momento de hablar de nuestra fe, podemos hacerlo desde el testimonio.
No solamente: «La Iglesia enseña esto». También: «En mi propia vida he descubierto esto». El testimonio no elimina la verdad. La hace cercana.
La fe que se nota
Hay personas que quizá nunca entrarían en una catequesis, pero sí se encuentran diariamente con cristianos, pues nos ven en el trabajo, nos ven en la vida cotidiana. Por eso, evangelizar de manera atractiva tiene mucho que ver con permitir que nuestra vida haga visible aquello que anunciamos con nuestros labios.
Si hablamos de misericordia, pero somos incapaces de perdonar, nuestro discurso pierde fuerza. Si hablamos de fraternidad, pero despreciamos continuamente a los demás, nuestro mensaje se contradice.
En cambio, cuando una persona descubre que nuestra fe nos hace más humanos, más capaces de escuchar, de servir, de reconocer nuestros errores, de pedir perdón y de volver a comenzar, puede aparecer una pregunta que ningún discurso puede fabricar:
«¿Qué es lo que te hace vivir así?» Y entonces tenemos una oportunidad preciosa para hablar de Jesús.
No necesitamos parecer perfectos
El testimonio cristiano no consiste en aparentar que tenemos una vida perfecta. De hecho, puede ser mucho más evangelizador reconocer nuestras propias fragilidades.
Quizá reconocer que también somos frágiles resulte mucho más cercano que presentar una imagen de cristiano que nunca tiene problemas, nunca se equivoca y siempre sabe exactamente qué decir.
El Evangelio no necesita cristianos que aparenten ser impecables. Necesita discípulos que permitan que la gracia de Dios se vea también en medio de su fragilidad. Pedro no fue elegido porque nunca hubiera fallado. Precisamente después de su fracaso tuvo que aprender nuevamente a amar y seguir a Jesús.
La evangelización comienza muchas veces cuando dejamos de intentar demostrar que somos buenos cristianos y permitimos que otros descubran que Dios está haciendo algo en nuestra vida.
¿Qué hace atractiva una vida cristiana?
No creo que sea simplemente una cuestión de tener buenas estrategias. Una vida cristiana puede resultar atractiva cuando transmite algo que nuestro mundo necesita profundamente: paz, alegría, esperanza, sentido, misericordia, capacidad de amar.
No se trata de fingir alegría permanentemente ni de esconder el sufrimiento. Se trata de que incluso en medio de las dificultades pueda percibirse que nuestra vida no está sostenida únicamente por nuestras propias fuerzas.
Tal vez una de las formas más sencillas de evangelizar sea preguntarnos cada día: ¿Qué debería poder descubrir otra persona de Jesús cuando se encuentra conmigo?
Una evangelización que comienza en lo cotidiano
Quizá mañana tengamos muchas oportunidades para evangelizar sin haberlo planeado, en una conversación con un compañero, en una visita a un enfermo.
Podemos intentar algo muy concreto, antes de hablar de Dios, interesarnos sinceramente por la persona. Y solamente después, cuando sea oportuno, compartir aquello que nosotros hemos descubierto.
Tal vez evangelizar de manera atractiva no consista en encontrar una técnica perfecta para conseguir que los demás crean. Tal vez consista en vivir de tal manera nuestra relación con Jesús que nuestra vida despierte en otros el deseo de conocer la fuente de esa vida.
Como dice Jesús en el Evangelio: «Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).
¿Estamos intentando que la gente escuche más sobre Jesús o estamos permitiendo que vea algo de Jesús en nosotros?
¿Y si aprendemos a evangelizar juntos?
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