Seguramente has escuchado la historia de Jonás, aquella en la que Dios lo llama a ir a Nínive para advertir a un pueblo que vivía en constante desobediencia. Jonás sabía exactamente lo que tenía que hacer, entendía la gravedad de la situación, pero también llegó a un punto donde se cansó, donde sus ojos humanos le hicieron cuestionarse el sentido de su misión: «¿Para qué tengo que hacer esto, si al final harán lo que quieran?».
Y si somos honestos, esta reacción no es tan lejana a nuestra realidad.
Cuántas veces te has encontrado en esa posición, siendo ese apoyo constante para alguien, ese familiar o ese amigo que siempre acude a ti en busca de consejo. Tú ves con claridad lo que le conviene, sabes qué decisiones podrían ayudarle y, desde el amor, intentas guiarlo, advertirle, acompañarlo… pero llega un momento en el que el cansancio aparece y, con él, ese pensamiento silencioso: «¿De qué sirve, si al final hará lo que le parezca?».
Sin darte cuenta, ese pensamiento puede llevarte a algo más profundo: al egocentrismo disfrazado de frustración. Porque, en el fondo, estamos asumiendo que sabemos mejor que el otro, que podríamos decidir mejor, que tenemos una claridad superior. Y es ahí donde, sin notarlo, empezamos a ocupar un lugar que no nos corresponde.
Ahora detente un momento y pregúntate: ¿qué pasaría si Dios actuara de la misma manera contigo?
Cuando tú sabes lo que te conviene y decides no hacerlo, cuando entiendes qué disciplina necesitas pero eliges dejarlo para después, cuando reconoces el camino que te ayudaría pero prefieres evitarlo… ¿te imaginas si Dios también se cansara de ti?
La realidad es que muchas veces queremos ayudar a otros desde nuestra forma, no desde la forma en la que Dios nos pide hacerlo.
La resistencia a la obediencia incómoda
Como se narra en el Libro de Jonás, el profeta no huye únicamente de Nínive; Jonás huye de un llamado que lo incomoda, que lo confronta y que lo obliga a salir de su propia lógica. Y esa es la parte más humana de esta historia, porque el problema no es no saber qué hacer, sino que muchas veces sí lo sabemos… pero nos aterra.
Nos aterra lo que implica obedecer, nos asusta perder el control y nos paraliza no saber cómo terminarán las cosas. Entonces empezamos a crear escenarios en nuestra mente, a asumir consecuencias y a convencernos de que sabemos mejor que Dios lo que puede suceder. Y es ahí donde nace la resistencia. Pero esa resistencia inicial no anula el propósito; solo revela la lucha interior que estamos viviendo.
La obediencia a Dios no es cómoda. Implica soltar el control, dejar el ego y confiar en que Él ve más allá de lo que tú puedes ver.
Muchas veces el miedo no proviene del llamado en sí, sino de todo lo que tú imaginas que ese llamado traerá consigo. Sin embargo, cuando finalmente cedes, cuando decides actuar a pesar del miedo, algo cambia.
Cuando eliges dar ese consejo que llevabas tiempo evitando, cuando decides tener paciencia en lugar de reaccionar, cuando tomas esa decisión que sabes que es correcta aunque te incomode, es ahí donde Dios comienza a mostrarte que aquello que parecía imposible… sí era posible. Y que nunca estuviste solo.
El pez como espacio de confrontación
Ahora piensa en esto: ¿qué tan importante era la misión de Jonás, que Dios permitió que un pez se lo tragara?
Ese «pez» no fue un castigo, fue un espacio de confrontación, un momento donde ya no podía seguir huyendo, donde tuvo que detenerse y reconocer su realidad. Y si lo llevamos a nuestra vida, muchas de nuestras «oscuridades» o momentos de confusión no son más que ese mismo lugar: espacios en los que caemos porque no quisimos obedecer antes.
Como se recuerda en el Catecismo de la Iglesia Católica al hablar de la providencia y la libertad, Dios no nos abandona en nuestras resistencias, sino que permite estas encrucijadas para reorientar el corazón humano hacia su gracia.
Por eso la pregunta hoy no es si tienes un llamado. La pregunta es: ¿qué es eso que Dios te ha pedido hacer y has estado evitando? Esa decisión, ese paso, ese soltar.
Tal vez una parte de ti diga que no lo tienes claro, pero en el fondo sabes exactamente de qué se trata. Y si lo sabes, entonces el siguiente paso es simple, aunque no fácil: hazlo.
No necesitas tener todo resuelto ni entender cada detalle. Dios no te pide claridad total, te pide confianza. Él se encargará del camino, pero la decisión de empezar… esa te corresponde a ti.
Entonces hoy tienes dos opciones: seguir huyendo, como Jonás, o atreverte a caminar hacia tu propia Nínive. Porque al final, no se trata de si tienes miedo, sino de si decides obedecer a pesar del miedo.
No temas, porque como nos recuerda la Escritura en la Carta a los Romanos, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?
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