Hay momentos en los que no necesitamos que alguien nos diga cuál es el camino; necesitamos simplemente no perder el norte. Hay temporadas de la vida en las que todo parece cubierto por una niebla espesa, días en los que no sabemos exactamente qué decisión tomar, hacia dónde avanzar o incluso qué está pasando con nuestra propia fe. Rezamos y no encontramos respuestas. Buscamos certezas y aparecen más preguntas. Miramos hacia adelante y no alcanzamos a distinguir el siguiente paso.
Y quizá lo más desconcertante es que seguimos creyendo, pero ya no sentimos la misma seguridad de antes.
¿Qué hacemos cuando la fe deja de parecernos un camino perfectamente iluminado? ¿Qué ocurre cuando tenemos que avanzar sin poder ver demasiado lejos? Tal vez en esos momentos necesitamos recordar que la fe no siempre funciona como un mapa; muchas veces se parece más a una brújula.
Cuando no puedes ver el camino
Una brújula no elimina la niebla, ni despeja el bosque, tampoco construye el camino, ni te muestra qué encontrarás después de la próxima montaña.
Simplemente indica una dirección, y esto puede parecer poco… hasta que nos encontramos verdaderamente perdidos.
En nuestra vida espiritual tenemos una enorme tentación de querer saberlo todo antes de avanzar. Queremos comprender qué está haciendo Dios, por qué permitió determinada situación, qué sucederá después, cuánto durará esta etapa y cuál será exactamente el resultado.
Pero la fe no siempre responde esas preguntas.
Abraham recibe una llamada y sale sin conocer completamente el destino (Gn 12,1-4). María recibe el anuncio del ángel y acepta una historia cuyo desenlace todavía no puede comprender (Lc 1,26-38). Los discípulos dejan sus redes sin tener un proyecto detallado de los siguientes años.
Dios parece tener una particular predilección por llamar a personas que no tienen todo bajo control. Y, seamos sinceros, quizá eso nos incomoda porque nosotros quisiéramos otra cosa.
Quisiéramos un GPS espiritual que nos dijera algo así como: “En 300 metros gira a la derecha. Dentro de seis meses entenderás por qué. En dos años todo tendrá sentido”.
Pero Dios normalmente solo nos dice: “Confía y camina”.
La fe no siempre elimina la incertidumbre
Hemos confundido, algunas veces, la fe con certeza psicológica, y por eso pensamos que una persona de fe debería tenerlo todo claro, no dudar nunca, sentirse siempre cerca de Dios y saber exactamente qué hacer.
Pero basta mirar la historia de los grandes creyentes para descubrir algo diferente. Santa Teresa de Ávila atravesó momentos de sequedad y dificultad en la oración. San Juan de la Cruz escribió desde una experiencia espiritual marcada por la noche, la ausencia aparente y la oscuridad. Incluso los salmos están llenos de preguntas dirigidas a Dios:
“¿Hasta cuándo, Señor?” (Sal 13,2).
Y, ¿Sabes qué es lo más maravilloso? La Biblia no censura esas preguntas, sino que las convierte en oración.
Esto es importante: estar confundido no significa necesariamente estar lejos de Dios.
A veces la niebla no es señal de que hemos perdido la fe. Puede ser simplemente una etapa en la que estamos aprendiendo a creer de una manera menos dependiente de lo que sentimos o comprendemos.
Joseph Ratzinger, al reflexionar sobre la fe, señaló que creer implica confiarse a una realidad que no podemos dominar completamente mediante el conocimiento. La fe no consiste en poseer a Dios intelectualmente, sino en entrar en relación con Él (Ratzinger, 2005).
Creeria que no es tanto preguntarnos el por qué no vemos todo, sino más bien buscar comprender qué es lo que Dios nos está ayudando a aprender en esa situación particular.
Una brújula no sirve para controlar el camino
El mapa nos permite mirar el territorio desde arriba. Podemos observar carreteras, distancias, desvíos y destinos, es por eso que tenemos la ilusión de controlar el recorrido.
La brújula, en cambio, es mucho más humilde, ella solo te dice hacia dónde está el norte, pero eres tú el que tienes que caminar para ir hacia ese norte.
En la vida espiritual ocurre algo parecido. Queremos tener todas las respuestas antes de obedecer. Queremos saber si una decisión saldrá bien antes de tomarla. Queremos garantías antes de confiar.
Pero la confianza auténtica comienza precisamente cuando desaparecen algunas garantías.
Por eso Jesús no dice: “Les mostraré todo lo que sucederá”, sino que simplemente dice: “Sígueme” (Mt 4,19).
Hay una diferencia enorme entre conocer el camino y conocer a quien camina contigo, y el cristianismo no consiste, en primer lugar, en poseer un sistema de respuestas. Consiste en seguir a una Persona.
¿Y si la niebla también tiene algo que enseñarnos?
Debemos tener claro que no toda niebla es mala, a veces necesitamos dejar de ver para descubrir cuánto dependíamos de nuestra necesidad de controlar.
Hay decisiones que solo podemos tomar cuando aceptamos que nunca tendremos certeza absoluta. Hay etapas que nos obligan a abandonar una imagen demasiado pequeña de Dios, hay momentos en los que nuestra oración deja de ser: “Señor, haz exactamente esto que necesito”, y empieza a convertirse en: “Señor, no sé qué hacer. Pero quiero caminar contigo”.
Esto es crecimiento espiritual.
San Ignacio de Loyola desarrolló todo un camino de discernimiento precisamente porque comprendió que la vida cristiana exige aprender a reconocer movimientos interiores, distinguirlos y tomar decisiones en medio de situaciones concretas. No se trata de esperar una señal espectacular del cielo, sino de aprender a escuchar y discernir.
La brújula necesita atención, y nosotros también.
¿Qué mantiene orientada nuestra brújula?
Cuando estamos perdidos espiritualmente, quizá no necesitemos hacer más cosas. Necesitamos volver a algunas cosas esenciales.
Primero: la oración.
No necesariamente una oración larga. A veces basta con permanecer delante de Dios y decir:
“Señor, aquí estoy. No entiendo mucho, pero no quiero alejarme de ti”.
Segundo: la Palabra.
Cuando nuestras emociones cambian constantemente, necesitamos una referencia que no dependa de nuestro estado de ánimo. La Escritura puede convertirse en ese punto de orientación.
Tercero: la comunidad.
La niebla puede hacernos creer que somos los únicos que estamos pasando por esto. Hablar con alguien de confianza, un sacerdote, un acompañante espiritual o una persona madura en la fe puede ayudarnos a recuperar perspectiva.
Cuarto: la paciencia.
No todas las respuestas llegan inmediatamente, pues hay preguntas que necesitan tiempo.
Y quizá esta sea una de las virtudes más olvidadas de nuestro tiempo: aceptar que algunas cosas solo se comprenden después de haberlas atravesado.
Cuando la brújula parece no funcionar
También puede ocurrir algo más profundo, y es que hay momentos en los que ni siquiera sabemos si nuestra brújula está funcionando.
Momentos en los que rezamos y seguimos confundidos, leemos y no sentimos nada, pedimos orientación y el silencio continúa. ¿Qué hacemos entonces?
Quizá lo primero sea no tomar decisiones radicales desde la desesperación.
La niebla distorsiona las distancias. Hace que una pequeña montaña parezca enorme y que un camino cercano parezca interminable. Por eso, cuando estamos espiritualmente desorientados, puede ser prudente no confundir lo que sentimos hoy con toda la verdad de nuestra historia.
No tomemos una noche como si fuera el clima definitivo de nuestra vida.
San Juan de la Cruz entendió profundamente esta experiencia. En su lenguaje, la noche espiritual no significa simplemente ausencia de Dios; puede convertirse en un proceso de purificación de nuestra manera de buscarlo.
Dios puede estar actuando incluso cuando no somos capaces de reconocer inmediatamente su acción.
Tal vez no necesitas encontrar el norte de toda tu vida
Quiero proponerte algo muy concreto. Si hoy estás atravesando una etapa de incertidumbre, no intentes resolver toda tu vida esta semana.
Pregúntate solamente: ¿Cuál es el siguiente paso bueno que puedo dar?
Quizá sea pedir perdón, sea descansar, o tengas la necesidad de volver a rezar. Quizá sea tomar una decisión que llevas demasiado tiempo aplazando. Tal vez sea pedir ayuda.
Quizá sea simplemente permanecer.
Pero recuerda, no necesitas ver los próximos diez kilómetros, solo necesitas saber hacia dónde dar el próximo paso.
La fe también es caminar cuando no vemos
Tal vez por eso aquella frase del autor francés Antoine de Saint-Exupéry puede resonarnos tanto: “Lo esencial es invisible a los ojos” (El principito, 1943).
La fe nos educa precisamente para reconocer que la realidad no termina en aquello que podemos medir, comprobar o controlar, pues hay cosas esenciales que no vemos.
El amor.
La confianza.
La esperanza.
La fidelidad.
Y también Dios. No porque esté ausente, sino porque no podemos reducirlo a aquello que nuestros ojos alcanzan a percibir.
Por eso, cuando la niebla aparezca, quizá no tengas que correr desesperadamente buscando un mapa, primero detente, respira, mira tu brújula y recuerda quién te llamó.
Porque quizá no necesitas saber exactamente dónde terminará el camino, por ahora, basta con saber hacia quién e¿stás caminando.
✍🏻 Artículo por P. Mauricio Montoya
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