¿Qué es la poda en viticultura, por qué Jesús la usó para hablar de dolor?
¿Y si es hora de ayunar de poner mi energía… en lo que no da fruto?
Si algo entendió Jesús y nos dejó como legado es que tenemos mucho en común con la naturaleza. Me encanta meditar en la creación de Dios, porque en ella él se revela tan delicadamente y tan perfectamente. Para quienes han estudiado ciencias duras, la forma en que se comporta la naturaleza tiene la fórmula perfecta para sostenerse y multiplicarse.
Jesús mismo, podemos imaginarnos, la contemplaba con tal atención y cariño que pudo sacar hermosas parábolas como caminos para que sus amigos pudieran entender la vida; no solo después de la muerte, sino esta: la humanidad llena de divinidad.
Ahora han salido nuevos estudios sobre cómo trabajan, por ejemplo, las raíces de los árboles, que debajo de la tierra se comunican entre sí para avisarse si alguno necesita nutrientes; o cómo los perros, para ser parte de la comunidad humana, han aprendido ciertos gestos para volverse más «humanos».
Hace poco leí sobre la viticultura: la ciencia de saber cuidar la planta de la uva que nos da el vino. Jesús vivió en una cultura rodeada de vino… ¡es que si Jesús fuera un influencer hoy, creo que lo habrían patrocinado varias marcas! Si hoy tuviera una cuenta, nos contaría su metáfora usando la vid y los sarmientos como se menciona en un estudio del Evangelio de san Juan (Jn 15):
«Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Él corta toda rama que no da fruto, y a la que da fruto, la poda para que dé más fruto aún. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he comunicado. Permanezcan en mí como yo en ustedes. Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes son las ramas. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada».
Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador
En la planta de la uva hay una rama «inicial» de la cual salen las demás más pequeñas. Esta rama contiene todos los nutrientes —la fuerza— que necesitan las demás para dar fruto. Las ramas que se separan de ella mueren fácilmente.
Es decir, no es un «castigo» que si nos separamos de Jesús perdamos la vida, sino que, lejos de él, dejamos de dar fruto; dejamos de ser todo lo mejor que podemos ser.
Y a la que da fruto, la poda para que dé más fruto aún
En viticultura hay ramas que siguen vivas, unidas a la vid, pero ya no están dando fruto. Si no se poda, la vid produce muchas hojas y uvas pequeñas y ácidas. En nuestra cultura de multitasking, de tantas opciones a través del internet y la hiperconectividad, a veces vivimos así: hacemos muchas cosas, pero pocas producen realmente fruto o vida; pues muchas de esas ramas siguen tomando nutrientes pero sin dar más.
Dios no nos propone simplemente sobrevivir, sino que nos sintamos orgullosos de lo que hacemos y que dejemos un legado bello a donde quiera que pisemos. Y tiene sentido: al viñador no le es suficiente con que la planta «esté viva» o que dé «vino», sino que produzca un buen vino, uno que se pueda disfrutar y compartir porque tiene buen sabor.
Para ello es necesario, muchas veces, cortar, pulir y redirigir. Porque la poda decide también hacia dónde va a crecer la planta en la siguiente temporada; es, por tanto, para redirigir su futuro.
Como mencionaba san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales: «No el mucho saber satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente».
¿Qué me invita Dios a cortar?
Antes de entrar a esta pregunta, seamos honestos…
A veces la vida misma nos obliga a cortar estas «cosas» que nos quitan energía y no nos dan realmente vida: la llegada de un hijo, la necesidad de reducir gastos innecesarios, una oportunidad laboral con menos tiempo para distracciones, una relación que requiere más cuidado o hasta una enfermedad que nos pide repensar en qué estamos usando nuestra salud.
Pero hay tiempos, como la Cuaresma, que nos invitan a revisar en qué estamos «dejando» o «gastando» la vida. «Quizá no están en un calendario, pero si lo estuvieran, ¿qué radiografía serían de nosotros?», me preguntaba un amigo sacerdote.
Es verdad: si se pudiera poner en una imagen en qué estoy gastando la vida, ¿estaría dando frutos dulces para compartir con otros, o frutos ácidos y sin nutrientes para mí y para los demás?
Esto es el verdadero discernimiento del día a día; no tanto en decisiones grandes, sino en lo cotidiano:
¿En qué gasto mis palabras, mi mirada, mis manos?
¿En qué gasto mis dones, mis talentos, mis habilidades?
¿En qué gasto mi juventud, mi cuerpo, mi sabiduría, mi dinero o mi tiempo?
¿En qué gasto mis tiempos de silencio, mis breaks, mi descanso?
¿En qué gasto mis pensamientos, mi mente, mi corazón, mi deseo?
En eso, poco a poco, podremos dejar entrar a Dios y pedirle que nos pode con su cariño, que nos muestre cómo podemos gastarnos, porque nos ha creado para cosas mejores que simplemente pasar la vida sobreviviendo.
En el futuro, cuando veamos más dulzura y mejor calidad de vida, de relaciones y del uso de nuestro tiempo, le daremos las gracias.





Me cuesta aceptar la poda si no veo los frutos. Pido luz al Señor para reconocer su mano. 🙏