Imagínate esta escena, por dos minutos, conmigo. Tienes exhibido en tu salón un jarrón precioso, pero es mucho más que un bello objeto decorativo. Ha sido una herencia que ha pasado de generación en generación.
Y no viene solo: viene con historias. Tu mamá te ha hablado de cómo su mamá le ha hablado de cómo su mamá le ha hablado del hermoso regalo que le hicieron en su boda (el jarrón en cuestión).
Pero una tarde, estás limpiando las repisas y-un-mal-movimiento-y-¡zás! Chau al jarrón.
Cortemos el ejercicio imaginativo aquí. Pero ¿qué has sentido? Quizás un nudo en el estómago o quizás te has identificado con la historia porque alguna vez te ha pasado algo similar.
Si somos honestos, a muchos nos ha pasado algo similar y en aspectos mucho más delicados que una reliquia familiar: heridas, caídas, decepciones profundas.
Quizás dramas invisibles que hacen menos ruido que la porcelana rota, pero que se escuchan como una fisura interna, un minuto de silencio y, luego, una pregunta difícil: “¿Ahora qué hago con las piezas?".
¿Botarlas? ¿Dar vuelta la página? ¿Esconder el daño ocurrido?
Hoy quiero hablarte de una alternativa que propone una lógica distinta. Se trata del kintsugi, un arte japonés nacido en el siglo XV que consiste en reparar cerámica con metales preciosos para transformar las grietas en belleza, simbolizando la resiliencia y el valor de la imperfección.
Esta técnica es una imagen potente de lo que ocurre en la vida espiritual cuando permitimos a Dios tocar nuestras grietas, nuestras heridas, y transformar nuestras vidas en algo hermoso.
Primer paso del kintsugi: aceptar que la pieza está rota
El artesano de kintsugi no comienza reparando… Primero, se detiene. Reconoce la rotura, observa las grietas. No fuerza los fragmentos, ni finge que nada pasó.
Este primer paso es decisivo y, sin embargo, suele ser el más difícil en la vida espiritual.
Reconocer que algo se rompió —una confianza, una expectativa, una imagen de uno mismo— implica renunciar a la ilusión de control. Implica aceptar que no todo se puede recomponer con fuerza de voluntad humana, sino con la ayuda de la gracia de Dios.
Como el mejor Artesano, Jesús tampoco quiere que neguemos esta experiencia. Si no reconocemos la herida, no hay sanación posible. Y eso no es así porque Dios no pueda actuar, sino porque Él, que quiere contar con nuestra libérrima voluntad… espera que le entreguemos aquello que necesitamos reparar (que suele ser lo mismo que, a veces, intentamos ocultar).
Segundo paso: no descartar los fragmentos
¿Sabías que en el kintsugi ninguna pieza rota se tira? Cada fragmento es conservado, incluso aquellos que parecen menos importantes o más difíciles de encajar.
Este gesto tiene un paralelismo claro en la vida espiritual, porque una tentación habitual no es solo negar la herida, sino descartar partes de la propia historia: errores pasados, decisiones mal tomadas, experiencias que avergüenzan o duelen.
Esa relación que no funcionó y que se archiva mentalmente con un “mejor no hablar de eso”. Ese proyecto que no resultó y que se entierra con un “total, ni lo quería tanto”. Esa etapa de la vida que se recuerda con distancia, como si le hubiera pasado a otro.
Pero la lógica de Dios —ilógica para nuestros razonamientos humanos, a veces— no funciona así. La redención no se construye eliminando capítulos incómodos, sino asumiéndolos. Dios los reordena soberanamente para el bien de quienes le aman (Rm 8:28). La conversión no borra nuestra historia, la transforma por su gracia.
Tercer paso: unir lo roto con un material nuevo
El rasgo más característico del kintsugi es el uso de una laca mezclada con polvo de oro para unir las grietas. No se trata de un pegamento invisible. La reparación queda a la vista. El oro no disimula la fractura, sino que la atraviesa, se exhibe.
Aquí el paralelismo espiritual se vuelve especialmente elocuente. Nuestras heridas no se arreglan con optimismo ni con autojustificación. Se unen a algo que no nace de uno mismo: la Pasión de Cristo.
San Juan Pablo II explicaba que el sufrimiento, unido a Cristo, no pierde necesariamente su dureza, pero sí cambia de sentido. No es negado ni idealizado: es integrado en una historia de amor redentor.
Aquí aparece otra resistencia habitual: no tanto al dolor en sí, sino a la idea de ofrecerlo (incluso cuando el dolor es injusto o causado por otros). Porque ofrecer una herida es dejar de usarla como escudo, como excusa o como explicación automática de todo.
Es dejar de decir “soy así por lo que me pasó” para empezar a preguntarse qué quiere hacer Dios con eso que pasó.
Cuarto paso: dejar visible la reparación
Una pieza reparada con kintsugi no esconde su pasado. Al contrario: su historia queda inscrita en su forma final. La fractura se convierte en parte de su identidad.
En la vida espiritual, este paso exige madurez. No se trata de exhibir las heridas ni de convertir el dolor en discurso permanente, pero sí de aceptar que una historia redimida no necesita fingir perfección.
¿Te has puesto a pensar en que las mismas llagas de Cristo resucitado permanecen visibles, glorificadas? Y no se nos ocurriría pensar que son un signo de derrota, todo lo contrario. Son un signo de su victoria, un testimonio de amor llevado hasta el extremo.
De modo semejante, una herida atravesada por la gracia deja de ser motivo de vergüenza.
Quinto paso: la pieza no vuelve a ser “como antes”
Este es otro punto clave. El kintsugi no restaura la pieza a su estado original. La pieza reparada es distinta. Y justamente por eso, más valiosa.
La vida espiritual tampoco busca volver atrás: la gracia de Dios actúa en tiempo presente. El pasado lo dejamos en manos de la Misericordia divina, el futuro en su Providencia amorosa.
No esperamos recuperar la inocencia perdida, sino avanzar hacia una forma nueva de plenitud, configurados a Cristo. Una nueva conversión no busca llegar a ser “como antes de la herida”, sino llegar a ser otro, configurado con Cristo.
San Pablo lo expresa con firmeza cuando afirma que el poder de Dios se manifiesta en la debilidad. No porque la debilidad sea buena en sí misma, sino porque deja espacio para que Dios actúe.
Una lógica que sostiene la vida interior
Mirado paso a paso, el kintsugi no es solo una metáfora bonita, sino una pedagogía. Enseña que la reparación verdadera no niega la realidad, que la belleza no consiste en la ausencia de grietas, y que lo roto no es el final de la historia.
Aplicado a la vida espiritual, esto implica una fe que no huye del dolor ni lo absolutiza, sino que lo ofrece. Una fe que acepta que la sanación puede ser lenta, incompleta a los ojos humanos, pero real.
Tú también puedes aspirar a una vida reparada, no maquillada
El kintsugi recuerda algo esencial: lo valioso no es aquello que nunca se rompió, sino aquello que fue reparado con cuidado.
Dios no trabaja maquillando las grietas de la vida humana. Trabaja atravesándolas con su gracia. Y en ese proceso, sin borrar la historia, hace surgir una forma nueva de belleza.
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Porque, recuerda, no se trata de ocultarte detrás de máscaras: una autoestima saludable está basada en tu verdadera identidad.
Y descubrirla puede ser un camino hermoso… así como nos lo enseñó el arte del kintsugi.









Muy inspirador. El valor de la autenticidad que nos permite darbos cuenta de lo importantes que somos en nuestra diversidad
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