No necesitas reinventarte: necesitas reencontrarte
Ten esto en cuenta antes de fijar tus propósitos de año nuevo
¿Llega enero y sientes esa presión inevitable? Redes sociales llenas de “reinventarse”, gimnasios abarrotados, listas interminables de resoluciones que prometen una versión 2.0 de ti mismo.
“Este año seré otra persona”. Pero, ¿y si te digo que no se trata de cambiarte a la fuerza, sino de encontrarte de verdad?
Tu identidad no es algo que construyas con esfuerzo titánico; es un regalo recibido de Dios, que se revela en un encuentro con Cristo. Piensa en figuras como Saulo (San Pablo) o Agustín: no se reinventaron por pura voluntad, sino que fueron transformados por un encuentro divino que iluminó quiénes eran realmente.
La trampa del “reinventarse” en enero
Enero marca el inicio del año civil, y es fácil caer en la tentación de verlo como un lienzo en blanco para ser alguien nuevo. Intercambiamos felicitaciones, pero a menudo las convertimos en promesas de cambio radical: adelgazar, dejar vicios, triunfar profesionalmente. La Iglesia nos invita a darle un sentido cristiano a esto: el nuevo año está bajo el patronato del Señor, no de nuestras fuerzas.
¿Por qué cuestionarlo? Porque esa presión cultural ignora nuestra fragilidad. Intentamos “reinventarnos” con dietas, apps o mantras, pero sin raíces profundas, todo se desmorona en febrero.
Como dice el Papa Francisco en una celebración penitencial, todos somos pecadores y la conversión no es un momento aislado, sino un proceso de toda la vida que empieza por reconocer nuestra necesidad de Dios.
No se trata de fabricar una identidad nueva, sino de despertar la que ya tienes, moldeada a imagen de Cristo.
Tu identidad: un don recibido, no un proyecto DIY
En el corazón del cristianismo, tu ser no es un rompecabezas que armes tú solo. Dios te ha creado para Él, y tu corazón está inquieto hasta descansar en Él. El Concilio Vaticano II lo explica bellamente: en Cristo, todos somos uno, con una dignidad común desde el Bautismo. No hay desigualdad por raza, condición o sexo; todos compartimos la misma vocación a la santidad.
Tu identidad se recibe en la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Como dice Lumen Gentium, por el Bautismo nos unimos a su muerte y resurrección, convirtiéndonos en miembros de su Cuerpo.
No la construyes con esfuerzo propio; la descubres en la comunión con Él. Agustín lo vivió en carne propia: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba”. Dios es “más interior que lo más íntimo de mí”, y solo al encontrarlo volvemos a nosotros mismos.
Imagina el arbusto ardiente: Dios se acerca y no lo consume, sino que lo hace resplandecer. Así es Cristo: une lo divino y lo humano sin competencia. Tu humanidad no se “reinventa”; se plenifica cuando Dios se acerca.
¿Y tú? Un enero para el encuentro
Entonces, ¿qué hacer este enero? No te presiones por ser “otro”. Ora el Veni Creator, pide al Espíritu que dirija tu año. Ve a la confesión, como Pablo al Bautismo; participa en la Eucaristía, donde te unes al Cuerpo de Cristo. En la oración, sube a las alturas de Dios, transformándote gradualmente.
Si sientes inquietud, como Agustín, recuerda: Dios está más cerca que tú mismo. Un rato de silencio, la Lectio Divina o un retiro pueden ser tu “Damasco”.
Este enero, cuestiona la cultura del cambio forzado. Tu identidad es un don de Dios, recibido en Cristo y la Iglesia. Como Pablo y Agustín, déjate encontrar: un rayo de luz basta para transformar todo. “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva”, pero nunca es tarde para el encuentro que te hace tú mismo, pleno en Él.
Que 2026 sea tu año de descubrimiento verdadero.



