Si tienes semillas de mostaza en tu casa, te invito a hacer un pequeño ejercicio: toma una y colócala sobre la palma de tu mano. A simple vista parece insignificante; es tan pequeña que podría pasar desapercibida y parece incapaz de producir algo grande. Sin embargo, dentro de ella existe un enorme potencial.
Jesús eligió precisamente esta imagen para hablar del Reino de Dios y de la fe. En una cultura donde la semilla de mostaza era bien conocida por crecer con rapidez y transformarse en un arbusto vigoroso, su enseñanza era clara: Dios puede obrar grandes cosas a partir de algo pequeño.
Cuando parece que la fe está estancada
Muchas veces vivimos temporadas en las que sentimos que nuestra fe está estancada: oramos y no vemos respuestas inmediatas; buscamos a Dios, pero pareciera que todo permanece en silencio. Nos preguntamos si Él se ha olvidado de nosotros —claro que no— o si estamos haciendo algo mal.
Si observamos la naturaleza, podemos darnos cuenta de una verdad profunda: la semilla primero debe ser enterrada. Antes de brotar, permanece oculta bajo la tierra, en un proceso invisible para todos. Nadie que mire la superficie imaginaría la transformación que está ocurriendo debajo. No hay cambios aparentes. Sin embargo, debajo está ocurriendo un proceso de gran crecimiento que, a su debido tiempo, saldrá a la luz.
La obra de Dios ocurre en lo secreto
Así también sucede con la vida espiritual. Si bien Dios a veces actúa de maneras muy evidentes y palpables en el momento, la mayor parte de la obra que Él realiza en nosotros ocurre en lo secreto, en lo cotidiano, en los momentos en que pareciera que nada está pasando. La paciencia, la confianza y la fortaleza son signos de la apertura de nuestro corazón, pero, sobre todo, del paso de Dios por nuestra vida, por haber dejado que sea el sembrador de nuestro corazón.
La semilla de mostaza también nos enseña otra lección: es muy resistente. Soporta condiciones adversas como la sequía, el calor intenso, las heladas e incluso la pisada. Del mismo modo, una fe puesta en Dios puede atravesar circunstancias difíciles sin perder la capacidad de dar fruto. Las pruebas no necesariamente destruyen la fe; muchas veces la fortalecen y la preparan para florecer en el momento oportuno.
No desprecies los pequeños pasos
Por eso, si hoy atraviesas una temporada de aparente sequía espiritual, no desprecies los pequeños pasos. Cada oración, cada acto de obediencia, cada decisión de seguir confiando, aunque parezca insignificante, es una semilla sembrada en tierra fértil.
El apóstol Pablo escribió: «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos»(Gálatas 6, 9). La cosecha tiene un tiempo señalado y el hecho de no verla todavía no significa que no esté creciendo.
Jesús también afirmó: «Os aseguro que si tuvierais fe, aunque solo fuera como un grano de mostaza… nada os resultaría imposible» (Mateo 17, 20). El énfasis no está en la cantidad de fe, sino en el poder de Dios.
La sequía no es el final de la historia
Quizás hoy tu fe se sienta tan pequeña como esa diminuta semilla en la palma de tu mano. Pero no olvides que Dios suele comenzar sus mayores obras con lo que el mundo considera pequeño. Él toma lo escondido, lo humilde y lo aparentemente débil para manifestar su poder.
La sequía no siempre es el final de la historia. En muchas ocasiones, es el escenario donde Dios prepara silenciosamente una cosecha que aún no alcanzamos a ver. Sigue sembrando, sigue confiando y sigue caminando: la semilla que permanece en sus manos nunca está perdida.
✍🏻 Artículo por Ailín Fessler
La fe no se apaga de golpe. Se va apagando poco a poco.
A veces seguimos creyendo, rezando y participando, pero sentimos que algo se ha debilitado por dentro. La fe continúa ahí, aunque ya no ilumina nuestra vida como antes.
Por eso, en Catholic Link hemos preparado LUMINA: un encuentro online para dejar que Dios avive nuevamente nuestra fe y descubrir cómo sostenerla en medio de la vida cotidiana.
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Gracias por tan hermosa reflexión y ayudar a fortalecer el alma! Dios los bendiga 🙏🏼