No sé si alguna vez te pasó.
Alguien te cuenta algo que le duele profundamente y, antes de darte cuenta, ya estás buscando qué decir. Una frase que anime. Una reflexión que ayude. Una experiencia propia que pueda servir. Un versículo. Un consejo.
Lo hacemos porque queremos ayudar. Porque nos importa la persona que tenemos enfrente. Porque nos cuesta verla sufrir.
Pero a veces, en ese intento de aliviar el dolor, terminamos haciendo algo muy distinto: dejamos de escucharlo.
La historia de Job y sus amigos tiene mucho para enseñarnos sobre esto.
Los siete días que hicieron todo bien
Job lo perdió todo. Sus bienes, su salud, sus hijos, su estabilidad. De un momento para otro, su vida quedó hecha pedazos.
Cuando sus amigos se enteran de lo sucedido, viajan para acompañarlo. Y cuando lo encuentran, hacen algo que suele pasar desapercibido.
Se sientan con él. No le explican nada. No le dan consejos. No le recuerdan que Dios tiene un plan. No intentan encontrar el lado positivo. Simplemente permanecen allí. Durante siete días. En silencio.
Y quizás esos siete días hayan sido el mejor acompañamiento que le ofrecieron. Porque hay dolores frente a los cuales las palabras quedan chicas. Hay heridas que necesitan ser vistas antes que interpretadas. Hay sufrimientos que necesitan compañía antes que respuestas.
El problema empezó cuando comenzaron a hablar
Después de esos siete días, los amigos de Job empiezan a hacer lo que probablemente muchos de nosotros hubiéramos hecho.
Intentan entender. Intentan explicar. Intentan encontrar una razón. Y poco a poco empiezan a sugerir que, si Job está sufriendo de esa manera, alguna culpa debe tener.
Quizás hizo algo mal. Quizás pecó. Quizás Dios lo está corrigiendo.
Lo que buscan no es tanto ayudar a Job como recuperar una sensación de orden. Necesitan creer que el sufrimiento tiene una lógica. Que existe una explicación. Que las cosas malas les pasan a quienes hicieron algo para merecerlas.
Porque aceptar que existe un dolor que no comprendemos resulta inquietante.
Y sin darse cuenta, terminan hablando más de sus propias certezas que de la herida de su amigo.
Cuando las palabras buscan apagar el dolor
No solemos decirle a alguien que está sufriendo que seguramente Dios lo está castigando. Pero existen otras formas, más sutiles, de minimizar el dolor.
«Todo pasa por algo».
«Dios sabe por qué hace las cosas».
«Ya va a pasar».
«No estés mal».
«Tenés que ser fuerte».
«Al menos...».
Muchas veces esas frases nacen del cariño. No buscamos herir. Buscamos aliviar.
Pero hay una diferencia importante entre aliviar el sufrimiento y apresurarse a apagarlo. Porque el dolor no desaparece cuando alguien le explica por qué no debería existir.
No todo silencio es escucha
A medida que pensaba en Job, me encontré con una pregunta incómoda.
Muchas veces decimos que frente al dolor hay que saber callar. Y es verdad. Pero no todo silencio es escucha.
Cuando acompañamos historias particularmente crudas, esas que nos dejan sin aire, es relativamente fácil quedarse sin palabras.
La muerte de un hijo.
Una enfermedad grave.
Una tragedia inesperada.
Frente a ciertas experiencias, simplemente no sabemos qué decir.
Pero eso no significa necesariamente que estemos contemplando el dolor del otro. A veces estamos callados porque estamos desbordados. Porque no encontramos las palabras correctas. Porque nos sentimos impotentes.
Y entonces descubrí algo curioso.
Cuanto más cotidiano parece el sufrimiento, más hablamos.
Frente a una decepción laboral. Una amistad que se rompe. Una crisis familiar. Un proyecto que fracasa. Un sueño que no se cumple.
Aparecen rápidamente los consejos, las explicaciones y las soluciones. Como si algunos dolores merecieran silencio y otros necesitaran ser corregidos.
Pero el tamaño de una herida no determina cuánto duele.
Lo que para mí puede parecer un problema menor puede estar rompiéndole el corazón a otra persona.
Jesús lloró
Hay un versículo del Evangelio que siempre me conmueve.
Es uno de los más breves y, al mismo tiempo, uno de los más profundos:
«Jesús lloró».
Cuando llega a Betania, Jesús sabe que va a resucitar a Lázaro.
Sabe que la muerte no tendrá la última palabra. Sabe cómo termina la historia. Y aun así llora. No corrige el dolor de Marta y María. No les dice que dejen de sufrir porque todo se va a solucionar. No les explica el plan divino. Primero llora con ellas.
Qué distinto es esto de nuestro impulso habitual. Nosotros queremos llegar rápido a la esperanza. Jesús primero pasa por el duelo. Nosotros queremos encontrar sentido. Jesús primero acompaña. Nosotros queremos respuestas. Jesús ofrece presencia.
El misterio también es una respuesta
Al final del libro de Job ocurre algo sorprendente. Dios responde. Pero no responde como esperaríamos. No le explica a Job por qué perdió a sus hijos. No le revela las causas ocultas de su sufrimiento. No despeja todas sus preguntas. Le muestra algo mucho más grande: que existe una realidad que supera su comprensión.
Y lejos de ser una evasión, ese encuentro transforma a Job. Porque descubre que la respuesta que buscaba no era una explicación. Era una presencia.
Creo que vivimos en una cultura obsesionada con entenderlo todo. Queremos causas, motivos, soluciones, respuestas inmediatas. Pero hay dolores que no pueden resolverse como un problema matemático. Hay preguntas que permanecen abiertas. Hay heridas que solo pueden atravesarse. Y eso no significa que Dios esté ausente. A veces el misterio no es la falta de respuesta. A veces el misterio es la respuesta.
No porque el sufrimiento tenga sentido en sí mismo. No porque debamos romantizar el dolor. No porque haya que resignarse.
Sino porque llega un punto en el que la fe nos invita a reconocer que no todo puede ser comprendido, y que aun allí Dios sigue estando.
Quizás por eso los mejores acompañantes no son quienes tienen siempre la palabra justa.
Son quienes saben permanecer.
Quienes escuchan sin corregir.
Quienes validan el dolor sin quedarse atrapados en él.
Quienes se animan a caminar junto al que sufre sin apresurarse a explicarle el camino.
Porque hay momentos en los que la misericordia de Dios no llega en forma de respuesta.
Llega en forma de presencia.
✍🏻 Artículo por Maria del Rosario Spinelli
La fe no se apaga de golpe. Se va apagando poco a poco.
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