Jesús no tenía estrategia de contenido
Tiempos de inteligencia artificial, no de Evangelio artificial
Me encanta pensar en todo lo que hemos podido lograr con las redes sociales y quizá por eso estudié Comunicación: comprender cómo llegamos a la gente y cómo se lo decimos puede ser positivo o negativo, cómo se ha llegado hasta el negocio de ser «influencer» para que las marcas prefieran ese contenido a pagar grandes anuncios en las ciudades más transitadas o cómo profesionales en cualquier tema y oficio han podido ayudar a otros en emergencias o con dudas críticas.
Ahora, también pienso en qué tanto podemos y debemos transmitir quienes nos dedicamos a esto de «la fe»: también es un universo que ha ido creciendo y que creo poco hemos dialogado y estudiado.
«Influencers de Dios»
Es un concepto que me parece que se explotó mucho y se entendió poco. Cuando el Papa Francisco usó esta frase creo que se refería más a la verdadera naturaleza de quien influye, pero no por crearse un personaje frente a los demás como si fueran su público en una obra de teatro, sino, usando el ejemplo de María, como quien no se detiene frente al «qué dirán» otros sino por lo que Dios va haciendo en su vida y otros simplemente ven y escuchan de ti.
No se trataba de hacer más vídeos, abrirnos una cuenta y vender nuestras ideas y «merch», sino de que nuestras raíces fueran tan fuertes que naturalmente otros se dejaran tocar por nosotros, no solamente porque tenemos una pantalla enfrente, o las miradas de otros, o porque alguien nos vea… sino porque «eso somos» sobre todo cuando nadie está mirando.
María no tenía reflectores, un QR pegado a la espalda o regalaba folletos; Jesús no tuvo más que 12 discípulos ¡y era el mismísimo Hijo de Dios! Y eso nos hace entender que no se trata de «ganar likes para Dios» sino de que nuestra huella valga la pena incluso en el silencio, en el anonimato, en lo pequeño, en nuestra pequeña comunidad.
«No los llamo seguidores sino amigos»
Otra idea que es importante rescatar es esta misma que Jesús nos dejó. Cuando evangelizamos podemos caer en dos actitudes: o de quien mira hacia abajo a los otros o de quien se siente uno con ellos.
Ser influencer no es alimentar nuestra soberbia y vanidad diciéndoles a otros qué hacer y cómo hacerlo; es a veces compartir que también nos cuesta, es hacernos preguntas con ellos, es mirarnos a los ojos con sinceridad, es acompañarnos con lo que hemos podido recibir sin creer que solo nosotros tenemos respuestas ni que solo nosotros tenemos la verdad.
Cuando pensemos en la gente que nos escucha, pensemos no en «seguidores» sino en amigos: ¿cómo les hablarías a tus amigos reales, cercanos, esos que saben todo de ti?
¿A quiénes más les podrías dar la palabra?
Evangelizar también puede ser darle el micrófono a otros que nadie conoce porque están más enfocados en su misión que en el algoritmo… y como Iglesia a veces dejamos pasar testigos de Jesús maravillosos por ponernos a nosotros mismos en la portada: una misionera que ayuda a jovencitas embarazadas, unos voluntarios que llegaron a las fronteras a alimentar y curar migrantes, un sacerdote que da misas en un idioma que no es el suyo, un grupo de chicas que dan terapia gratis, una parroquia que ha logrado sacar a sus jóvenes adelante en medio de tantas cosas digitales y sin sentido… o simplemente personas que ni imaginas que están viviendo en su vida diaria, en su trabajo, en su camino a casa, el amor al prójimo y el amor a Dios, y lo hacen tan bien que pasan desapercibidos.
«Desinfluenciar» las redes sociales
También Jesús tuvo que «desinfluenciar» a su pueblo cuando se dio cuenta de que todos seguían las mismas estrategias de los fariseos para llevar a la gente al templo: sentirse superiores, compararse, meterles miedo, pedirles cuentas, pedirles dinero, inventar profecías que los desesperaba y les hacían sentir a Dios como alguien imposible de alcanzar.
Pero Jesús prefirió comunicar al Dios Padre, amoroso, cercano: les compartía historias que hablaban a su vida diaria para poner la Palabra de Dios en práctica sin tantas complicaciones, también les explicaba las Escrituras con paciencia, les enseñó una oración que hasta hoy es fácil aprender y dice mucho en tan poco, les mostraba cómo tratarse entre ellos, cómo hablar a los enfermos o poseídos, les ayudaba a reconciliarse entre ellos y con Dios.
El medio es el mensaje
En comunicación aprendemos esta máxima de un teórico, Marshall McLuhan: dice que lo que compartimos siempre va mediado por el aparato que usamos para transmitir, es decir, no es lo mismo que el cura hable en la iglesia a que hable desde su coche.
Por lo mismo debemos entender que quienes nos miren o escuchen estarán haciéndolo desde su celular: un aparato que permite llegar a la casa de quizá un joven que se siente solo, o de una madre desesperada, o una monjita en África, una enfermera en su poco tiempo libre, o un profesor buscando cómo hablar a sus jóvenes; el celular implica que hay contacto, inmediatez, tiempos muy cortos, atención dispersa y que alguien podrá guardar nuestra publicación o saltarla.
A veces creemos que debemos vernos como las influencers de moda o tiktokers, hablar como cierto sacerdote o lanzar frases atractivas como tal otro… sin embargo, no hay nada más poderoso que ser nosotros mismos. Porque lo que nos hará sentirnos en confianza y ganar la confianza de otros será eso que Dios ha hecho único en nosotros.
Ser auténtico
¡Tu mensaje eres tú! Tu sonrisa, tu humor, tu autenticidad, tu ser tú, tu vida caótica, tus preguntas, tus respuestas, tu desayuno, tu escritorio, tu barrio. Pensemos en los santos: ninguno es igual a otro, y por ello se han ganado el amor de la gente. No eran perfectos, pero se animaron a salir de sus inseguridades para llegar a más gente, y no por ser famosos, sino porque querían amar como Jesús amaba a la gente.
¿Cuáles son tus dones? ¿Cómo tú eres mensaje de Dios en la tierra, en tu cultura, en tu comunidad, en tu rango de edad, en tu idioma? ¿A quiénes ni te imaginas que puedes acompañar a través de tu canal? ¿Qué has querido decir a tu modo pero sigues editando demasiado para parecerte a otro u otra? ¿Qué parte de tu vida quieres tapar pero quizá es tu testimonio? ¿Cómo puedes llegar a esos excluidos que Jesús hubiera rescatado hoy con su cercanía y su palabra: temas como divorcio, soledad, desempleo, ansiedad, crisis de fe, imagen corporal, matrimonios jóvenes, madres primerizas, personas sin acompañante espiritual?
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