Hay algo que estoy intentando aprender.
No es una gran disciplina espiritual. Ni un desafío de esos que cambian la vida de un día para el otro. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: encontrar un pequeño espacio para Dios antes de dejarme llevar por el ritmo del día.
Todavía no puedo decir que lo haya conseguido. De hecho, sigo aprendiendo.
Un café que casi siempre se interrumpe
Mi primer café ni siquiera lo tomo en casa. Lo preparo cuando llego a la oficina. Es casi el gesto con el que empieza cada jornada. Mientras la computadora termina de encender, voy hasta la cocina, pongo el agua a calentar y preparo esa taza que siento necesaria para arrancar. Durante mucho tiempo fue solamente eso: un café. Una pausa breve antes de abrir el correo, responder mensajes o empezar a resolver todo lo que el día traiga.
Pero, desde hace un tiempo, hay una idea que vuelve una y otra vez a mi corazón: ¿y si esos pocos minutos pudieran ser también un lugar de encuentro con Dios?
No siempre lo consigo. Hay mañanas en las que el teléfono suena antes del primer sorbo. O alguien entra con una consulta. O soy yo misma la que, casi sin darme cuenta, empieza a responder correos, resolver pendientes y pasar de una tarea a otra, antes de haberle regalado a Dios siquiera unos minutos.
Sin embargo, cada día vuelvo a intentarlo. No porque crea que cinco minutos de oración vayan a resolver todos mis problemas. Tampoco porque piense que Dios necesita ese momento para acordarse de mí. Soy yo la que lo necesita. Soy yo la que necesita recordar, antes de que el trabajo marque el ritmo del día, quién soy y de quién soy.
Y, poco a poco, fui descubriendo que quizá la vida espiritual no se sostiene solamente gracias a los grandes momentos. También necesita de esas pequeñas fidelidades que casi nadie ve.
La búsqueda de lo intenso
Vivimos en una época que busca experiencias intensas. Queremos emocionarnos, descubrir algo nuevo, sentir que cada día sea diferente. Nos cuesta aceptar que las cosas más importantes de la vida suelen crecer despacio, casi sin hacer ruido.
También en la vida espiritual podemos caer en esa lógica. Nos entusiasma un retiro que nos conmueve, una predicación que parece responder exactamente a lo que necesitábamos escuchar o una oración en la que sentimos a Dios muy cerca. Y gracias a Dios por esos regalos. Todos los necesitamos alguna vez.
Pero ¿qué pasa cuando no llegan? ¿Qué sostiene la fe entre un retiro y otro? ¿Qué alimenta el corazón cuando la emoción desaparece? ¿Qué nos mantiene unidos a Dios cuando rezar se parece más a un acto de fidelidad que a una experiencia extraordinaria?
Creo que ahí empieza la verdadera vida espiritual.
Somos aquello que repetimos
Hay una frase que escuché hace mucho tiempo y que vuelve a mi cabeza cada tanto: somos aquello que repetimos.
La repetición tiene mala fama. Decimos que una pareja «cayó en la rutina». Que un trabajo se volvió rutinario. Que una oración terminó siendo rutinaria. Como si repetir fuera el principio del fin.
Sin embargo, cuando lo pensamos un poco más, descubrimos que las cosas más valiosas de nuestra vida están hechas, precisamente, de repeticiones. Una madre no ama a su hijo porque un día hizo un gesto heroico. Lo ama porque, durante años, lo despertó para ir al colegio, preparó su comida, escuchó las mismas historias, respondió las mismas preguntas y volvió a abrazarlo una y otra vez.
Un matrimonio no se sostiene por una gran declaración de amor cada aniversario. Se sostiene por miles de gestos pequeños que nadie aplaude: preparar el desayuno, preguntar cómo estuvo el día, esperar al otro para cenar, pedir perdón cuando hace falta.
Una amistad tampoco crece gracias a un momento espectacular. Crece porque alguien sigue estando.
El amor siempre se parece más a la fidelidad que a la intensidad.
Entonces, ¿por qué pensamos que con Dios debería ser diferente?
El amor se mide por el hecho de volver
A veces creemos que una buena oración es aquella en la que sentimos algo extraordinario. Pero el amor nunca se mide solamente por lo que sentimos. Se mide, muchas veces, por el hecho de volver. Volver a buscar a Dios cuando el día anterior no salió bien. Volver a abrir el Evangelio aunque hoy no encontremos una frase que nos conmueva. Volver a hacer silencio, aunque la cabeza esté llena de ruido. Volver a agradecer. Volver a confiar.
No porque Dios necesite que cumplamos un ritual. Él no nos ama más los días en que rezamos mejor, ni nos ama menos cuando nuestra oración es pobre o distraída. Los pequeños rituales no cambian a Dios. Nos cambian a nosotros. Nos ayudan a recordar lo que fácilmente olvidamos: que no estamos solos, que nuestra vida tiene un centro y que Dios sigue estando ahí, incluso cuando nosotros no lo percibimos. Nos educan el corazón para reconocer Su presencia en medio de lo cotidiano.
Los treinta años silenciosos de Jesús
Hay un detalle de la vida de Jesús que siempre me conmueve. Los Evangelios nos cuentan muy poco sobre sus primeros treinta años. Sabemos que vivió en Nazaret, que aprendió el oficio de José, que creció en una familia y que «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres» (Lc 2,52). Después, casi de golpe, comienza su vida pública.
Treinta años de una vida que, desde afuera, parecía completamente común. Treinta años trabajando con sus manos. Compartiendo la mesa con María y José. Rezando las mismas oraciones que rezaba cualquier judío de su tiempo. Caminando las mismas calles. Celebrando las mismas fiestas. Esperando.
Siempre me pregunto qué quiso enseñarnos Dios con ese largo silencio. Porque podría haber empezado a predicar desde muy joven. Podría haber llenado esos años de milagros y enseñanzas. Sin embargo, eligió otra cosa.
Eligió santificar la vida ordinaria.
Como si quisiera decirnos que el Reino también crece en una mesa compartida, en un trabajo bien hecho, en una conversación sencilla o en una mañana cualquiera.
Volver, una y otra vez
Quizá por eso hoy miro ese café de otra manera. No porque tenga algo especial, sino porque me recuerda que Dios no suele esperarme únicamente en los momentos extraordinarios. También me espera en los lugares donde transcurre mi vida de todos los días: en una oficina, en una taza caliente entre las manos, en esos pocos minutos antes de que todo empiece.
Tal vez mañana vuelva a pasar lo mismo. Tal vez el teléfono vuelva a sonar demasiado temprano. Tal vez no consiga hacer ese silencio que tanto deseo. Pero quiero seguir volviendo.
Porque la fe no suele perderse de un día para el otro. Se debilita cuando dejamos de volver. Y también se fortalece de la misma manera: volviendo. Volviendo al Evangelio. Volviendo al silencio. Volviendo a esa oración sencilla que, algunas mañanas, apenas cabe entre el primer sorbo de café y el comienzo de la jornada.
Quizás ahí, en esa fidelidad pequeña e imperfecta, Dios ya esté haciendo mucho más de lo que yo alcanzo a ver.
✍🏻 Artículo por María del Rosario Spinelli
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Bellísimo artículo, casi lo sentí como un poema. Gracias por compartir cosas que alimentan el alma.