Hace unos días encontré un video de la creadora de contenido católica venezolana Ayram Edery. En él contaba cómo un sacerdote la retó a acercarse a Jesús a través de treinta y tres días asistiendo al Santísimo. Lo que más me impactó no fue el reto… sino su actitud al inicio.
Ayram, completamente desconectada de la fe en ese momento, aceptó —pero con una condición—: iría al Santísimo, sí, pero con su música electrónica en los audífonos. Ella misma lo contaba con cierta vergüenza y, al mismo tiempo, con profunda gratitud al recordar cómo Dios la esperó. Sin prisa. Sin juicio. Sin atajos.
Poco a poco, en medio de ese aparente silencio, algo empezó a moverse dentro de ella. Día tras día, su espíritu comenzó a sentir incomodidad con el ruido. Y alrededor del día veinte del reto, lo que antes le parecía normal empezó a pesarle… hasta que comenzó a apagar esos sonidos externos.
Ahí Ayram entendió algo que a muchos nos cuesta aceptar: Dios no trabaja con procesos rápidos. Él no nos empuja a correr. Nos forma con paciencia… en el silencio.
Nuestra desesperación por los atajos
Si somos honestos, muchos queremos lo mismo que Ayram buscaba: una conexión más profunda con Dios. Pero también queremos que pase rápido. Queremos paz… pero inmediata. Queremos claridad… pero sin esperar. Queremos sentir a Dios… pero sin pasar por el proceso.
Y cuando no lo logramos rápido, nos frustramos. Nos cansamos. Y muchas veces nos retiramos antes de tiempo.
Pero ¿qué pasaría si descubriéramos que la verdadera confianza con el Creador no empieza en lo espectacular, sino en lo pequeño… en lo silencioso… en lo que nadie ve?
Hay encuentros con Dios a los que nadie puede llevarte. Solo se entra ahí… cuando decides quedarte.
El peligro de querer frutos prematuros
Muchas veces creemos que ir despacio es perder tiempo. Pero en la vida espiritual, los atajos suelen convertirse en caminos más largos y más dolorosos. Piensa en una planta: no puedes forzarla a crecer de golpe ni a dar fruto antes de tiempo.
Necesita tierra fértil, agua constante y suficiente luz. Tu alma funciona igual.
La tierra son tus hábitos diarios.
El sol es la oración profunda: el rosario, la Palabra, las jaculatorias.
El agua es ese encuentro vivo con Dios en la Eucaristía o en el Santísimo.
Cuando tu alma recibe estos estímulos día a día —sin prisa, sin ansiedad— algo empieza a madurar por dentro.
Y un día, casi sin darte cuenta, miras atrás y dices: «Ya no vivo con la misma ansiedad», «Ya no corro detrás de todo lo que parece urgente», «Ya no necesito llenar vacíos comprando o buscando aprobación».
Ese día entiendes algo poderoso: el camino lento era el camino de Dios.
El desierto no es tiempo perdido
Dios no está obsesionado con que llegues rápido. Está interesado en quién te conviertes mientras caminas.
Por eso el desierto —la espera, el silencio, la aparente lentitud— no es un error de logística divina.
Es el lugar donde se forma la identidad del alma. Sin atajos. Sin microondas espiritual. Con cocción lenta… pero profunda.
Un plan para la Cuaresma
Hoy ya llevamos varios días desde que comenzó la Cuaresma. ¿Y si te das la oportunidad de empezar algo sencillo? No tienes que llegar perfecto.
No tienes que «sentirte bonito» desde el primer día. Solo ve. Ve al Santísimo. Quédate unos minutos. Lleva tu corazón tal como está.
Quizás —como le pasó a Ayram— algo muy suave empiece a moverse dentro de ti. Y tal vez, sin darte cuenta, un día descubras que Dios nunca necesitó atajos contigo… solo necesitaba que te quedaras lo suficiente para encontrarte.
Y una invitación final…
En Catholic Link sabemos que, aunque el deseo de estar cerca de Dios sea grande, a veces uno se siente perdido en el camino. ¡No es que te falte voluntad! Es que el ruido del día a día nos desorienta y nos quita el orden.
Por eso, hemos creado nuestras Membresías. En ellas, descubrirás un itinerario para el encuentro, ya que tendrás acceso a más de 100 cursos y conferencias, que cubren desde lo más práctico hasta lo más profundo de la fe.
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