Me encanta escribir, que, en cierto modo, es hablar. Esto empezó desde pequeña, quizá porque a mi mamá le gustaba mucho escribirnos «cartas», a nosotros y a Dios.
Cuando entré a la universidad e hice amistad con algunos sacerdotes jesuitas, aprendí con ellos a escribir mi oración y me di cuenta de que hacerlo me hacía bien a mí y, a veces, también a otros.
Así empezó también mi aventura con Catholic Link. Fueron los primeros en acogerme cuando descubrí que quizá tenía esta habilidad —o este don—, y por eso les tengo muchísimo cariño.
Cuando las palabras dejaron de aparecer
Pero este último año no he podido compartir tanto como quisiera. Simplemente, no me «nace» nada.
Experimenté por primera vez esta sensación de «desierto», quizá porque viví muchas situaciones que me hicieron dudar de la vida, de mí, de Dios y de los demás.
Me sentaba a orar y no salía nada de mí. Me encontraba con mis amigos y no me surgían consejos. Quería publicar algo en mis redes sociales y tampoco aparecía nada.
Y debo reconocer algo: me enojaba no tener algo admirable que decir. Algo que recibiera algún like, un «gracias» o un abrazo.
Hasta que, después de muchos meses, recordé algo que me decía un jesuita —justamente aquel con quien aprendí más a orar—:
«Lo que vivimos nos habla de Dios, no es un obstáculo para llegar a Él».
Me lo decía cuando regresaba agotada de la universidad directamente a sus charlas, sin haber parado siquiera a comer, y le comentaba que no me salía nada.
«Debe haber sujeto para la oración»
También me repetía una frase de San Ignacio: «Debe haber sujeto para la oración».
Es decir, debe estar la persona. Con algo de energía, cierta calma interior y la disposición necesaria para entrar en diálogo con Dios.
Si no, quizá era mejor dormir, comer, ir al médico o terminar los pendientes.
Parece algo muy sencillo, pero durante mucho tiempo no lo entendí.
Creía que siempre tenía que poder orar bien. Que debía tener algo interesante que decir. Una reflexión profunda. Una respuesta. Una palabra para alguien.
Y no siempre es así.
Aprender a no pelear con el silencio
En ese tiempo, en lugar de pelearme con Dios o conmigo misma por no ser «muy buena para hablar» y sacar grandes reflexiones, fui aprendiendo a acoger el silencio sin culparme ni desesperarme.
Incluso empezó a gustarme quedarme ahí.
Sin miedo al silencio.
Sin miedo a mi «poca charla» con Dios.
Sin necesidad de llenar cada espacio con palabras.
La vida, a veces, nos pide silencio: por una enfermedad, por llegar a otro país donde no hablan nuestro idioma, por andar solos en el transporte público, por amistades que de pronto ya no están como antes o por crisis que nos hacen dudar de todos y de todo.
Y podemos rechazar ese silencio o aprender a acogerlo.
Hay cosas que solo crecen en silencio
Hay épocas de mucho ruido. Y también necesitamos épocas de retiro, de paz, de silencio.
Pienso en el silencio de la tierra mientras las semillas van echando raíces hasta convertirse en árboles.
En los nueve meses de una nueva vida formándose antes de venir al mundo.
En un joven que estudia durante años, muchas veces en silencio, para terminar una carrera.
En un sacerdote que va conociendo poco a poco a sus feligreses hasta que ellos comienzan a sentirlo cada vez más como «padre».
Muchas de las cosas importantes de la vida se gestan sin hacer ruido.
Tal vez no siempre tenemos que dar
La naturaleza también está llena de silencios.
Claro que hoy hacer silencio cuesta mucho más. Estamos acostumbrados al celular, a las notificaciones cada minuto y también a la presión de «tener algo que decir» en medio de miles de comentarios, publicaciones y opiniones en internet.
Por eso, quizá el silencio sea también una forma de ir contracorriente.
Un tiempo que Dios permite para que podamos recibir, en lugar de querer dar y dar constantemente.
Porque tal vez también merecemos —y necesitamos— silencios.
Como la música, que necesita pausas para ser bella.
Y entonces las preguntas cambian.
Ya no se trata solamente de pensar: «¿Por qué no tengo nada que decir?».
Tal vez podemos preguntarnos:
¿Qué se está gestando en este silencio?
¿Qué estoy recibiendo?
¿Qué se me está permitiendo descansar?
¿Quién descubro que soy cuando no tengo el «poder» de la palabra?
✍🏻 Artículo por Sandra Estrada







