Tengo algunas amigas que confían mucho en el Espíritu Santo y a veces me sorprenden: le preguntan cómo se podría llamar su nueva marca, cómo solucionar una deuda o cómo responderle a su jefe para resolver un conflicto. Hace poco comencé a intentarlo, y Dios comenzó a mostrarme modos de ir resolviendo lo que estoy viviendo.
A veces vemos a Dios como un viejito que sigue usando la misma cafetera rota que ya no funciona bien, y nosotros nos hacemos esa imagen falsa de Él. Dios es experto en renovar el amor, la esperanza y la fe.
Dios tenía que explicar cómo todo iba a salir bien a los profetas cuando ellos ya no veían nada positivo o se sentían los más pecadores. Como bien decía san Ireneo: «La gloria de Dios es que el hombre sea pleno».
Porque Dios no se puede contradecir: «Pues así como un padre, que es malo, le da cosas buenas a sus hijos, ¿cómo no el padre que está en los cielos le dará lo que pide?».
Cuando pensamos en la voluntad de Dios para nosotros debemos pensar en eso: Dios es como un padre o una madre que sabe que su hijo podría pensar mejor, vivir mejor, actuar mejor y darse mejor a los demás —a su pareja, a su comunidad, a su trabajo— si estuviera en mejores condiciones.
Por eso Jesús criticaba los salarios indignos, el dejar a las viudas en la calle, el descartar a los enfermos o el despreciar a los vulnerables; porque Dios no solo vela por nosotros en un plano abstracto o espiritual, vela por nosotros hoy, aquí, en la vida diaria.
¿Cómo creo que Dios me ve a mí?
Hay una frase de Pedro Arrupe, sj: «Tu mirada sobre mí bastará para sanarme». En las historias de los profetas, ellos se suelen ver como unos insignificantes poco talentosos, pero Dios les recordaba que eran más y que no se dejaran llevar por el miedo: «Vas a hablar frente a todos», «Vas a liderar naciones», «Vas a renovar a estas familias».
No digo que todos mañana nos sintamos líderes de megaiglesias. Me refiero a que poco a poco Dios nos irá quitando ideas de que estamos «condenados» a vivir como desolados, sin rumbo, dejados a la suerte y sin recursos.
Esas ideas son mentiras que no vienen de Dios.
Y aquí podemos identificar cómo son las mentiras del maligno y cómo son las verdades del Señor.
Dice san Ignacio que en la vida hay tres elementos clave para empezar. Primero, existe el Buen Espíritu: el Espíritu de Dios que da vida a todas las cosas, que inspira a las criaturas sus dones y frutos, y sobre todo habla a los seres humanos para caminar hacia la salvación.
Segundo, existe el Mal Espíritu: el espíritu del mal —los demonios— que buscan acabar con todo lo que quiere el Buen Espíritu, confundir las palabras que da a sus hijos y buscar su perdición.
Finalmente, existen las facultades humanas: voluntad, memoria, entendimiento y libertad. Cada persona tiene estas facultades dadas por el Espíritu de Dios —pues somos hechos a su imagen— y son necesarias tanto para nuestra supervivencia en el mundo como para comunicarnos con Él.
San Ignacio pide que revisemos cuáles son esos dones de Dios: ¿Cuál es la naturaleza de Dios y, por tanto, de lo que viene de Él? Amor, paz, verdad, belleza, claridad, energía, reconciliación, creatividad y libertad.
También resalta que Dios actúa con nosotros con más suavidad cuando estamos frágiles y con más dureza cuando estamos tercos; es decir, si necesitamos salir de una situación que nos está enfermando, nos provoca duda o cierta intranquilidad para que nos movamos, actuemos o pidamos apoyo.
Pero si necesitamos confirmación sobre que vamos por buen camino, nos dará un sentimiento de claridad, de paz y certeza, sin quitar que a veces dé miedo. Por tanto, la voluntad de Dios nunca se va a sentir como nos hace sentir el maligno: presionados, culpables, desesperados o nerviosos, porque eso no viene de Dios.
«El amor no se contradice»
De modo que nuestras facultades no son contrarias a la voluntad de Dios. Como dice el Salmo, Dios no se contradice: no crea algo que aborrece. A veces creemos que escuchar a Dios es dejar de escucharnos a nosotros mismos, pero es una combinación.
Ya que para amar hay que ser libres, y para elegir hay que ser libres, Dios no puede contradecirse: Su amor no puede ir en contra de la libertad, y Dios nos ha hecho libres.
La vida no es una lucha contra nosotros mismos. Aunque muchas veces los santos y ascetas hablan de «luchar contra nuestra carne», no hablan de maltratarnos, ignorarnos y autodespreciarnos.
Dios no quiere el mal ni siquiera físico o mental para nosotros, pero a veces necesitamos tomar distancia de nuestras obsesiones o miedos para poder ponderar qué es lo que realmente deseamos.
Todos hemos sufrido traumas que nos generan apegos y, por tanto, vicios o adicciones. Ir en contra de la carne a veces es no solo restringirme, sino buscar ese camino que me hace realmente feliz, no solo sobrevivir.
Es como un joven que acaba de independizarse y lo único que come es pizza comercial y sodas, pero una madre le exhorta a comer sano: le prepara una dieta que quizá no es tan atractiva o fácil, pero le dará más energía y satisfacción a largo plazo.
«¿Quiénes pecaron para que haya nacido así… sus padres?»
Sus discípulos le preguntaron: «Rabí, ¿quién pecó para que este haya nacido ciego? ¿Él o sus padres?». Jesús respondió: «No pecó él ni tampoco sus padres» (Jn 9, 2).
Hay condiciones que no podemos simplemente rechazar, como una enfermedad debilitante, una deuda que lleva generaciones o el dolor del parto de un hijo. Lo que busca ahí Jesús es que le encontremos un sentido.
No que pensemos que Él nos quiere sufriendo y nos está «probando» o que es «su voluntad» que vivamos mal, como si nos lo mereciéramos o tuviéramos que pagar un precio; sino que hay condiciones humanas complejas que son parte de nuestra realidad y de las leyes de la naturaleza.
Digamos que «Dios lo permite» por un bien mayor, y Jesús nos propone encontrar de qué manera eso nos hace más humanos, más libres y más amorosos.
Podemos seguir buscando tener una buena salud física, mental, espiritual y económica a través de expertos y de orar profundamente pidiéndole a Dios que nos revele cómo mejorarla.
No se trata de resignarse, sino de preguntarle a Dios también: «¿Esto puedo vivirlo de otro modo? ¿Esto puede dar más fruto que solo sufrimiento? ¿Esto tiene una raíz profunda que sí debo atender y sanar con tu ayuda?».
Nos puede dar mucha luz el inicio de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio:
De aquí se sigue que el hombre debe utilizar estas cosas en la medida en que le ayuden a alcanzar este fin para el que fue creado, y liberarse de ellas en la medida en que le impidan alcanzarlo. Para lograr esto, es necesario que nos hagamos indiferentes hacia todas las cosas creadas, siempre que la materia esté sujeta a nuestra libre elección y no exista ninguna prohibición. Así, por nuestra parte, no debemos desear más la salud que la enfermedad, la riqueza más que la pobreza, la fama más que la desgracia, la vida larga más que la corta, y así con todo lo demás, deseando y eligiendo solo lo que conduce más al fin para el cual fuimos creados.
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Esta nueva forma de correos, tanto la organización de la información como las imágenes que la acompañan y, por supuesto, los temas, me están encantando. Fácil de comprender, de asimilar, visualmente atractivísimo y lo mejor, SUPER PRÁCTICO. Enhorabuena por tan buen contenido.
“Qué hermosa reflexión. A veces caemos en la trampa de ver a Dios como algo lejano o estático, cuando en realidad Él sigue actuando en cada detalle de nuestra vida. Empezar a consultarle las cosas cotidianas, como mencionas, es un acto de fe que transforma la forma en que vivimos. ¡Gracias por este recordatorio de confiar más y controlar menos! 🙏”