Quiero decirte algo que quizá no siempre nos atrevemos a reconocer: la fe, cuando es auténtica, no siempre se siente bien. Hay etapas en las que creer es luminoso, consolador, incluso emocionante.
Todo parece encajar. Orar fluye. Confiar es fácil. Pero también hay otros momentos… momentos donde la fe deja de ser cómoda. Y ahí es donde empieza a volverse real.
Porque una fe que nunca incomoda, que nunca cuestiona, que nunca nos desinstala… corre el riesgo de quedarse en idea, en costumbre, en discurso.
La fe del Evangelio, en cambio, nos mueve el suelo. Quiero proponerte cinco momentos muy concretos donde esto suele suceder. Tal vez te reconozcas en alguno.
1. Cuando tienes que soltar algo que quieres conservar
Hay cosas que no son malas. De hecho, pueden ser buenas: relaciones, proyectos, seguridades, planes que habíamos construido con ilusión. Y, sin embargo, llega un momento en el que algo dentro —o desde Dios— empieza a inquietarnos. No encaja. No da paz. No es por ahí. Y soltar duele.
Abraham vivió algo así cuando Dios le pidió salir de su tierra sin mostrarle el destino (Gn 12). No tenía el mapa completo, solo una promesa.
El problema no es solo dejar algo atrás; es caminar sin garantías. ¿Te ha pasado? Esa sensación de que Dios te pide dar un paso… sin explicarte todo. Ahí la fe se vuelve incómoda. Porque ya no se trata de entender… sino de confiar.
2. Cuando perdonar parece injusto
Pocas cosas confrontan tanto como el perdón. Porque perdonar no es lo mismo que justificar. Y sin embargo, el Evangelio es claro: «Amad a vuestros enemigos» (Lc 6, 27). Eso no encaja fácilmente.
Cuando alguien nos hiere, lo natural es protegernos, cerrarnos, incluso devolver el golpe —aunque sea de forma sutil—. Pero Jesús propone otra lógica. Y ahí aparece la incomodidad.
La filósofa Hannah Arendt decía, en su obra de 1958, que el perdón es la única manera de romper el ciclo de la acción y la reacción. Sin perdón, todo queda atrapado en una cadena interminable.
Pero perdonar no es automático. Es un proceso. Es una decisión que a veces se toma muchas veces. Y duele.
3. Cuando no sientes nada… pero decides quedarte
Hay momentos en la vida espiritual donde todo se vuelve árido. Oras… y no sientes. Buscas… y no encuentras. Esperas… y no pasa nada. San Juan de la Cruz llamó a esto la «noche oscura». No como ausencia de Dios, sino como un modo distinto de su presencia.
Aquí la fe deja de apoyarse en la emoción. Y eso incomoda. Porque nos damos cuenta de algo: muchas veces confundíamos a Dios con lo que sentíamos de Él.
Permanecer en ese vacío, sin huir, sin llenar el silencio con distracciones… es uno de los actos más profundos de fe. No porque se sienta, sino precisamente porque no.
4. Cuando la verdad te cuestiona
Hay momentos en los que el Evangelio no nos consuela… nos confronta. Una palabra que incomoda. Una actitud que sabemos que debemos cambiar.
Una incoherencia que ya no podemos ignorar. Y entonces aparece la tentación de suavizar el mensaje, de adaptarlo, de hacerlo más llevadero. Pero Jesús no negocia la verdad para que sea cómoda.
El joven rico del Evangelio (Mc 10, 17-22) se acerca con buenas intenciones. Pero cuando Jesús le muestra el siguiente paso… se va triste.
No porque Jesús lo rechazara, sino porque la verdad que escuchó le resultó demasiado exigente. La fe incomoda cuando deja de ser teoría… y se convierte en decisión.
5. Cuando confiar parece arriesgado
Hay momentos en los que todo nos invita a controlar: tener certezas, asegurar resultados, evitar el riesgo.
Y sin embargo, la fe nos pone en otro lugar. Jesús en Getsemaní lo expresa con una profundidad impresionante: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Eso no es resignación; es entrega.
Confiar cuando no tienes el control es incómodo, pero también es profundamente liberador.
El teólogo Hans Urs von Balthasar hablaba en un estudio de 1985 sobre la fe como una forma de «abandonarse» en Dios, no desde la pasividad, sino desde una confianza radical. Y eso… no es fácil.
Donde incomoda… crece
Si algo tienen en común estos momentos es esto: no son agradables… pero son fecundos.
La incomodidad de la fe no es un error del camino; es parte del camino. Ahí es donde dejamos de controlar, donde dejamos de entenderlo todo, donde dejamos de vivir una fe superficial y empezamos a entrar en relación.
Una relación viva. Real. Transformadora.
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